sábado, 28 de abril de 2007

Tren con destino: La interculturalidad


-Nuevonuevonuevonuevo... – Repite una niña con la cabeza llena de trencitas mientras espero el metro. Como si fuese un mantra. Una plegaria a la buena suerte.
A mi también me gustan los metros nuevos, son más cómodos y son nuevos. Ese pequeño detalle hace que los sienta más limpios y que mi día sea mas claro. Porque en vez de tres mil millones de personas haber apoyado su cara contra el cristal como lo hago yo ahora, solo lo han hecho cincuenta mil.
También me gustan los enormes y viejos trenes que parecen submarinos y tienen el suelo de hospital porque si sus paredes hablaran, tendrían mil historias que contar. Pero esta vez la suerte nos ha sonreído a la niña rasta y a mí, ya que hace su entrada desafiante un nuevo tren, con el sigilo de una nave espacial. Parece que flotara en el aire. Brilla tanto como la enorme sonrisa de conductor que despide cierto aire de orgullo al ser EL quien presiona los botoncitos de colores para llevarnos a nuestro destino en el tren mas moderno de toda la flota.

Todos se apresuran por subir a pesar de las implícitas normas de convivencia del metro (esperar primero a que bajen y después subir) son normas bastante lógicas pero no se cumplen. A veces con ligeras dosis de psicosis en las horas punta; cuando las personas dejan de ser personas un poquito para volverse un poco egoístas por el cansancio propio del currante que quiere llegar a su casa a las seis de la tarde. La gente deja pasar a un hombre ciego con su concentrado perro labrador el cual lleva un letrero que dice: “no me acaricies estoy trabajando”. Da la apariencia que cualquier silbido o ruidito amigable que solemos hacer a los perros buenos, podría distraerlo en su digna e impagada labor.
El trayecto es largo y no he conseguido sitio. Da lo mismo, en Barcelona hay tantos abuelos que sentarse es un ejercicio tonto ya que en menos un minuto habrá un anciano de pie esperando por tu asiento. No te mirará ni te lo pedirá sino que se pondrá cerca de ti, el poseedor del asiento mas joven. Después te rozará la rodilla mientras pretendes una concentración no humana frente a un libro para simular que no lo viste, te hará sentir el ser más desalmado de la tierra hasta que sucumbas ante la presión y le cedas el sitio. Aunque nunca falta la abuela “Jane Fonda” que se sentiría indignada si tienes la cortesía de cederle tu asiento.
El trayecto es largo hasta mi casa, cada vez hay más personas que entran y los cuerpos se van amoldando al poco espacio que queda. Varias manos intentan hacerse espacio en la misma barra de metal tratando de no tocarse y respetar el espacio vital de los demás.

No hay como el metro de una ciudad para tener una visión panorámica de sus habitantes y sus costumbres. Y nada como un metro para demostrarle al extranjero que ya no es tan ajeno. Un inmigrante no esta completamente integrado si es que no conoce los caminos del metro. Esa enredadera de colores que une sus ramas unas con otras. Uno va aprendiendo y adquiriendo seguridad. Aprendes cual es la mejor ruta para llegar al Teatro Liceu o al Parque Güell. Si es mejor ir en metro o en autobús (o no ir). Poder dibujar en la pizarra que tenemos en la cabeza las diferentes opciones y escoger la óptima es una habilidad que te hace sentir menos ajeno.
Con el calor primaveral ya afloran los olores humanos del metro. Mi olfato es el de un perro de aeropuerto y estoy atrapada entre la puerta y un brazo levantado en huelga de desodorante. Mi nariz, sin yo poder controlarlo, se contrae y se retuerce como si tuviese las manos atadas y me entrara una abeja por cada fosa nasal. Logro escabullirme entre dos señoras de avanzada edad las cuales charlan en catalán de sus nietos con cierto afán de competencia. Ahora lo que me marea es el perfume florido de abuela pensionista. Al frente, dos chicas musulmanas ríen y juegan con sus niños de grandes ojos con largas pestañas de camello. Al lado, dos obreros fortachones con aspecto andino pasan las páginas del periódico el Latino aun con restos de polvo de la faena entre los dedos.
Unos macarras andaluces aplauden mientras cantan un flamenco doloroso y escupen con habilidad las cáscaras de las pipas en el suelo. Un ejecutivo catalán con gafas de intelectual los mira con desaprobación detrás de un Best Seller. Una pareja de gays se da la mano tímidamente sin importarles el circo que se monta a su alrededor mientras que yo miro todo al ritmo de….
Que importa que esté escuchando yo cuando vamos rumbo hacia la interculturalidad en un vagón de la línea lila.
Todas esas personas de distintas razas tienen una historia pasada que trajeron en dos maletas de 20 Kg. vía Iberia. Ahora van en metro, a su casa, quizá viven en algún barrio de los extrarradios de la ciudad, allá donde no hay Gaudi. Pero ahora están aquí, en el metro, un limbo entre nuestra casa y nuestro destino. Vivirán algún día la integración verdadera donde no nos limitemos a ser personas distintas sentadas en un metro una al lado de la otra. Quizá en un futuro no muy lejano, no sólo sea posible encontrar una paella, un cebiche o un kebab en la misma calle de Barcelona. Sino que más bien encontremos paella al curry, un kebab de anticucho o un Tacu tacu de falafel a la salida del metro.

lunes, 16 de abril de 2007

Buscando a Romeo


Existen grandes ciudades y pueblos pequeños pero entre estos, están los pueblos con personalidad de grandes ciudades. Esos son los sitios que más me gustan.
Así es Verona. Una ciudad con más de mil años de historia que aún conserva el encanto pasado mezclándose con la modernidad cotidiana. Elegante, con personalidad, amable, con pintorescas hosterías y pequeños cafés en calles empedradas, grandes monumentos, castillos, boutiques y pequeñas pizzerías, autos lujosos y carnaval de pueblo; Verona presenta una mezcla entre el pasado y el futuro sin perder su esencia divina, el equilibrio perfecto entre lo simple y lo sofisticado que uno no debe perderse.


No es difícil pasar un día perfecto en Verona, para eso sólo debemos incluir un paseo por la Piazza delle Erbe , pasar por el mercadillo donde se pueden encontrar pinochos de madera y mascaras de Carnaval, visitar el Duomo de la ciudad, tomarse una foto muy posada el Balcón de Julieta y comer polenta en alguna Hostería. Por la tarde, dar un paseo por las curvas del río Adige parando por un buen café (o mejor, un Capuchoc, una mezcla de chocolate caliente, café y nata) y terminar el día con la Opera en el Arena. Aún se siente el aire aun fresco del invierno que se va y provoca que el tiempo no pase y que la comida no engorde. Pero como eso no se puede, sólo queda disfrutar de los pocos días (siempre son pocos en Italia) para capturar la ciudad con la cámara, beber buen vino, excelente café, comer pasta sin remordimiento y soñar con que los días veroneses son eternos y las noches también.

Los Veroneses son muy elegantes, bastante sobrios para ser italianos. Siempre encontrarás el estereotipo de italiano con pantalón ladrillo o mostaza Libby’s, pero la mayoría de veroneses son bastante conservadores. ¿Acaso sólo los italianos visten esos pantalones de colorinches? ¡Que falta de miedo a los colores!

Siempre he pensado que para dedicarse enteramente a ver monumentos y museos es mejor mirar enciclopedias. Para conocer una ciudad hay que vivirla, sentarse, respirarla y esperar a que la ciudad vaya entrando por los poros hasta que uno deje de sentirse un turista y empiece a ser parte de ella. Hay que esperar la llegada de esos instantes de la vida diaria que hacen que uno desee congelar el tiempo, algo tan cotidiano como una mujer de pelo blanco y mandil a cuadros lleno de harina haciendo capelleti en un pastificio o un hombre perfectamente enternado yendo a trabajar en bicicleta, o dos viejos conversando mientras toman grappa.
Hay ciudades a donde no hace falta llevar un compañero de viajes, donde observar la ciudad es más que suficiente para no sentirse sólo, así es Verona.

Tomé el avión a las 7 de la mañana. Cuando aterrizas en Bérgamo y todos aplauden, es fácil adivinar que estás en Italia. Aún no sé porque los italianos aplauden cuando aterriza el avión. Quizás porque es tan bueno estar de regreso, porque extrañan tanto a la mama o por simple tamarrería (huachaferia) italiana.

Soy muy planificada en los viajes para poder después de conocer todos los sitios obligados, ir libre de preocupaciones y prisas.
Así que ya sabía de antemano que tren debía tomar: El Regionale que es el más barato. Igual me equivoqué de tren, ya que los trenes no se anuncian en el andén y me subí al tren más rápido y caro. El "cobratore" me puso una multa de 18 euros más el importe del otro billete; al final, el precio por el trayecto de media hora en tren salió más caro que el pasaje en avión.
Había leído que para conocer Verona bastaban 4 ó 5 horas; es cierto que en unas horas se pueden ver los principales edificios y monumentos pero Verona es mucho más que el balcón de Julieta. Verona es poder comer la mejor polenta del mundo en una Hostería, tomar Prosecco en una terraza, mas allá de ruinas romanas es poder disfrutar de un paseo al lado del rió Adige que cruza toda la ciudad y si se tiene suerte poder ir a ver la ópera en el Arena .

Como en toda Italia, las cosas funcionan de manera distinta, los billetes de autobús no se compran dentro del autobús ni en la estación sino en el bar más próximo. Es un buen dato ya que si no te lo dicen no te lo imaginas. Recomiendo comprar varios billetes para tener por sea caso; sobretodo si hay que tomar el bus después del cierre de los locales.
En la estación de Porta Nouva donde te deja el tren, los mapas de la ciudad son gratis y te atienden amablemente explicándote cuales son los lugares de atractivo turístico y la forma más óptima para transportarse al lugar que uno desee ir. Todos los autobuses de la ciudad parten de esa estación y si el tráfico lo permite, suelen parar donde uno indique sin importar que haya una parada oficial (como combi).

Verona tiene fama de ser cara y lo es, se puede ver que hay gente muy adinerada. Los Ferrari y Mazzerati no dejan de pasar. No hay grandes almacenes sino más bien pequeñas boutiques y marcas de renombre. Igual siempre es divertido callejear y soñar un poco ente Gucci, Prada y Louis Vouiton. La ciudad no destaca mucho en museos pero si en arquitectura : puentes romanos, castillos, arcos... Una verdadera delicia para tomar fotos.

No hay que olvidar que Verona es la cuna de Romeo y Julieta. Las tiendas suelen aprovechar al máximo a estos vecinos ilustres y se venden todo tipo de souvenirs con corazones, destellos de amor y promesas eternas bajo el sello de la parejita. Uno puede comprender al pasear por sus calles de piedra frecuentadas por guapísimos Romeos y elegantes Julietas porque Shakespeare robó la inspiración de esta magnifica ciudad.

En la entrada de la casa de Julieta, a la cual se puede entrar para hacerse una foto en el balcón, hay un monumento de ella. Se dice que si uno le agarra un pecho a la escultura uno regresará a Verona. No se si funcione, lo que si es cierto es que hay que esperar turno para cogerle el seno ya desgastado de tanto manoseo; al parecer todos los turistas saben del secreto para volver.

Al dejar Verona, (ahora si en el tren correcto) veo otro hombre con pantalón mostaza Libby's y me pregunto si Romeo se habrá vestido así.

jueves, 12 de abril de 2007

El Método


Después de una entrevista de trabajo me es casi imposible no tener la idea de que el puesto es mío. Empiezo a hacer mis cálculos de cómo voy a distribuir mi salario, a donde me iré de viaje en las vacaciones y a donde celebraré con mis amigos. Escojo el restaurante, me vuelvo generosa y hasta prometo pagar la cuenta.
El proceso de la entrevista, después de ir a unas cuantas sesiones de tortura o entrevistas (más o menos es lo mismo), es algo bastante repetitivo. Uno va agarrando práctica como todo. Hacen las mismas preguntas y esperan las mismas respuestas con una que otra variación de acuerdo al puesto. Como por ejemplo:

¿A dónde te ves de aquí a 10 años?
Respuesta de entrevista:
Me veo en un puesto de responsabilidad, con personas a mi cargo, donde pueda tomar decisiones importantes para la empresa.
Respuesta honesta: Espero que dentro de 10 años ya no tenga que trabajar. Seguro tendré tres hijos, un perro y haré galletas de manzana. Dígame señor gerente, como yo voy a saber donde voy a estar cuando tenga 38? ¿Acaso tengo una bola de cristal y un pañuelo de bolas en la cabeza?

¿Dígame, Cuáles son sus defectos?
Respuesta de entrevista:
Bueno soy adicta a mi trabajo, lo hago parte de mi vida y soy muy perfeccionista
Respuesta honesta: ¡Tengo tantos! Que no se por donde empezar: fumo, me enfermo frecuentemente, soy una dormilona y muy renegona. Y pobre del que se me cruce un día de mal humor porque le haré recordar a alguna escena de Tarantino.

¿Qué opina de sus jefes anteriores?
Respuesta de entrevista:
Mi jefe y yo aun somos muy amigos. Es una a persona muy capaz de la cual aprendí mucho. Aun nos mantenemos en contacto. Lamentablemente mi vida profesional ha seguido otro camino.
Respuesta Honesta: Ese viejo verde mañoso, argollero, no sabe ni la tabla del cuatro; si llegó a donde está debe ser pura casualidad. Sino porque que cree que busco otro trabajo?
Ese tacaño, explotador y chupamedias no se merece ni una tarjeta de navidad de los toribianitos.

Algunas veces los entrevistadores tratan de sorprenderte con preguntas “diferentes” por no decir ridículas. Como por ejemplo:

Dígame cuantas pelotas de tenis cree que existen actualmente en este país.¿Cómo obtendría ese número?
Respuesta de entrevista:
Bueno, sumando la producción de pelotas de tenis del país más las que vienen importadas de Hong Kong, Katmandú y Republica Checa, descontando que las pelotas de tenis tienen una vida media de 15 años podríamos…
Respuesta Honesta: Y yo que sé, porque no llama al brujo norteño o a Rosita Chang la vidente personal de Laura Bozzo. Tampoco me interesa, si Ud. quiere saber cuantas pelotitas andan rodando por el país porque no va de club en club y las cuenta.

Cada gerente tiene su estilo y cada empresa su tipo de tortura favorito. ¿No es bastante presión el tener que buscar un trabajo? Tests psicotécnicos, de idiomas, exponer casos, resolución de problemas, preguntas con truco. Entrevistas en videoconferencia, por teléfono, espías entre el grupo de entrevistados... Hay métodos, como torturas en la santa inquisición. Y cada día los procesos de selección son más duros y fomentan más la “sana competencia”.
La única entrevista agradable que he tenido fue una que me invitaron almorzar y hablamos como dos personas normales. Por lo menos a mí, siempre la comida me produce bienestar.
Se recomienda siempre decir que eres proactivo (repite esa palabrita, les encanta), que estás acostumbrado a las situaciones bajo presión, que te gustan los retos, que dejaste tu trabajo porque querías más responsabilidad que eres resistente al stress y que te motiva mucho trabajar en equipo.

Pero en serio ¿? ¿Alguien cree eso?

¿Acaso ellos no han pasado por exhaustivos interrogatorios? ¿Ellos no han dorado la píldora para conseguir su puesto?
Después de una o dos “torturas” es fácil decir las respuestas correctas. Igual la respuesta será: si, tiene el puesto o no, hemos escogido a otro. Y como cuando recién llegue a Barcelona le decía a un amigo desempleado: Esto es cuestión de vencer las estadísticas. A más curriculums, más posibilidades de conseguir un trabajo. ¿Pero acaso queremos cualquier trabajo?
Al final todos queremos un trabajo donde uno sienta que vale la pena levantarse temprano y dejar 1/3 de vida en la oficina, donde aporte algo positivo a este mundo, donde uno se sienta identificado, queremos trabajar con gente agradable y que no estén esperando a que demos la espalda para clavarnos el puñal por un puñado de euros. Todos queremos la verdad, no nos mencionen ese bono que nunca pagarán, ni lo felices que son todos en su empresa. Queremos una oferta sin reveces, sin letras pequeñas, ni mentiras. Pero lamentablemente, la mentira empieza con un anuncio en La Vanguardia.

martes, 10 de abril de 2007

En París con Beatrice


Creo que a las personas no las debemos de juzgar por las primeras impresiones como a los libros no debemos juzgarlos por la tapa. Aunque debo admitir que muchas veces me siento atraída hacia las tapas nuevas, llamativas o modernas . De igual manera a veces me rindo ante la apariencia cuidada, armoniosa e impoluta de una persona. Una obsesión villa mariana que de la que no logro deshacerme y que me lleva de tanto en tanto a grandes decepciones.

Beatrice es todo menos perfecta, diría que es su perfecta imperfección es lo que más admiro en ella. La conocí hace dos años y de vez en cuando me acuerdo de ella.

En el Barrio de Montmartre hay muchos cafecitos y bares. Lo que más se aprecian por aquí son los que tienen un pedacito de vereda con mesitas el cual llaman terraza. Las sillas están ubicadas indiscretamente, todas mirando a la vereda como platea. Por sentarse en la terraza uno paga el doble por un café, ya que encima de disfrutar el aire aún fresco de la primavera uno puede gozar con el desfile de parisinos y no tan parisinos pasar por la pasarela de la calle. Ejecutivos, mujeres elegantes, viejos con bastón, niños en supermodernos coches de tres ruedas, señoras con perros chuscos y finos de todos los tamaños. Nada como una gran ciudad para no aburrirse con el simple hecho de mirar pasar a la gente. Ahí estaba yo en una terraza, que resulto ser la de un bar Mapuche. Cosa que solo puede existir en París, un mapuche en el exilio, con un bar. Leo mi libro y el mapuche de pelo de caballo me sirve una copa de vino blanco. Le pregunto si es chileno y me manda una mirada fulminante. -Soy mapuche, no chileno- me responde bruscamente. Interesante, (a menos que su pasaporte sea de mapuchelandia)-pienso.
De pronto alguien llega, una diminuta viejita. Muy ágil se escurre detrás de mi silla sin siquiera tocarla para llegar hacia la mesa vacía. Me golpea con el bolso, solo un poquito y me dice: Je suis Desole Madame.
Le sonrío y le contesto en mi mejor intento de francés y al toque , mira mi libro con los ojos abiertos como platos y me pregunta si hablo castellano. –Si- respondo aliviada de no tener que improvisar mi pésimo francés.
-Oh que bien hace tanto que no hablo castellano! Me llamo Beatrice.-
-Y yo Marissa, mucho gusto.-
Se pasa a mi mesa sin dejar de hablarme y preguntarme de donde soy, que hago ahí y preguntas de rutina para un turista.
-Ah! te veo y me veo a a mi hace muy poco, vine a estudiar pero he decidido prolongar mi estadía.- me dice ella.
Ve mi libro de Gabriel García Márquez y al verlo me dice : Ay! Si hubiera estado Gabo aquí …
¿Lo conoce?- Pregunto, ante tanta familiaridad.
Claro el y yo vivíamos en la misma calle! Me dice señalándome la calle de enfrente con el dedo. En esa época solíamos pasar horas conversando y yo le prestaba siempre plata. Es un muchacho tan agradable y tan buen amigo… sólo un poco disipé- ríe Beatrice.
-A veces no se cortaba las uñas; quizá por eso nunca accedí a salir con el- me confiesa.
Reímos cómplices, porque yo tampoco saldría con alguien tan disipé.

Beatrice tiene el pelo blanco amarrado con un moñito, bastante descuidado. Los efectos del frío parisino se notan en sus arrugas que van como profundos surcos por toda su cara más marcados en el área de la sonrisa. Conversamos de su vida y la mía y lo parecidas que somos mientras compartimos una botella de vino gato blanco que nos sirve el mapuche. El mapuche es muy amable con ella, se ve que siempre viene porque trae la orden sin ella haber pedido nada. Empanaditas, vino gato blanco y un platito de aceitunas que ella devora con hambre adolescente.
Se hace tarde pero no me importa, Beatrice me entretiene tanto que puedo llegar tarde o perderme del todo. Estudió historia del arte, en una época en que ir a la universidad era mas que una osadía, irse fuera sola era impensable y ahí estaba ella, en París, después de 50 años de haber llegado de Cali, Colombia.
Le pregunto indiscretamente si se casó y con una sonrisa traviesa que deja ver sus dientes postizos me dice: No… pero tengo un amigo, un enfant terrible! Se queda en mi casa los fines de semana. Dice que le gustan las chicas latinas como yo – dice sonrojada. Reímos juntas y me regala el gatito de plástico del vino blanco que aún conservo.

Después de guardar el gatito cuidadosamente en mi cartera junto con su elegante y sobria tarjeta me despido como si se tratara de una vieja amiga. Nunca más la volveré a ver. Me gustaría llamarla, aunque no me atrevo. Prefiero seguir pensando que sigue yendo a ese bar todas las noches, a pedir su vino gato blanco y sus empanaditas.