martes, 10 de abril de 2007

En París con Beatrice


Creo que a las personas no las debemos de juzgar por las primeras impresiones como a los libros no debemos juzgarlos por la tapa. Aunque debo admitir que muchas veces me siento atraída hacia las tapas nuevas, llamativas o modernas . De igual manera a veces me rindo ante la apariencia cuidada, armoniosa e impoluta de una persona. Una obsesión villa mariana que de la que no logro deshacerme y que me lleva de tanto en tanto a grandes decepciones.

Beatrice es todo menos perfecta, diría que es su perfecta imperfección es lo que más admiro en ella. La conocí hace dos años y de vez en cuando me acuerdo de ella.

En el Barrio de Montmartre hay muchos cafecitos y bares. Lo que más se aprecian por aquí son los que tienen un pedacito de vereda con mesitas el cual llaman terraza. Las sillas están ubicadas indiscretamente, todas mirando a la vereda como platea. Por sentarse en la terraza uno paga el doble por un café, ya que encima de disfrutar el aire aún fresco de la primavera uno puede gozar con el desfile de parisinos y no tan parisinos pasar por la pasarela de la calle. Ejecutivos, mujeres elegantes, viejos con bastón, niños en supermodernos coches de tres ruedas, señoras con perros chuscos y finos de todos los tamaños. Nada como una gran ciudad para no aburrirse con el simple hecho de mirar pasar a la gente. Ahí estaba yo en una terraza, que resulto ser la de un bar Mapuche. Cosa que solo puede existir en París, un mapuche en el exilio, con un bar. Leo mi libro y el mapuche de pelo de caballo me sirve una copa de vino blanco. Le pregunto si es chileno y me manda una mirada fulminante. -Soy mapuche, no chileno- me responde bruscamente. Interesante, (a menos que su pasaporte sea de mapuchelandia)-pienso.
De pronto alguien llega, una diminuta viejita. Muy ágil se escurre detrás de mi silla sin siquiera tocarla para llegar hacia la mesa vacía. Me golpea con el bolso, solo un poquito y me dice: Je suis Desole Madame.
Le sonrío y le contesto en mi mejor intento de francés y al toque , mira mi libro con los ojos abiertos como platos y me pregunta si hablo castellano. –Si- respondo aliviada de no tener que improvisar mi pésimo francés.
-Oh que bien hace tanto que no hablo castellano! Me llamo Beatrice.-
-Y yo Marissa, mucho gusto.-
Se pasa a mi mesa sin dejar de hablarme y preguntarme de donde soy, que hago ahí y preguntas de rutina para un turista.
-Ah! te veo y me veo a a mi hace muy poco, vine a estudiar pero he decidido prolongar mi estadía.- me dice ella.
Ve mi libro de Gabriel García Márquez y al verlo me dice : Ay! Si hubiera estado Gabo aquí …
¿Lo conoce?- Pregunto, ante tanta familiaridad.
Claro el y yo vivíamos en la misma calle! Me dice señalándome la calle de enfrente con el dedo. En esa época solíamos pasar horas conversando y yo le prestaba siempre plata. Es un muchacho tan agradable y tan buen amigo… sólo un poco disipé- ríe Beatrice.
-A veces no se cortaba las uñas; quizá por eso nunca accedí a salir con el- me confiesa.
Reímos cómplices, porque yo tampoco saldría con alguien tan disipé.

Beatrice tiene el pelo blanco amarrado con un moñito, bastante descuidado. Los efectos del frío parisino se notan en sus arrugas que van como profundos surcos por toda su cara más marcados en el área de la sonrisa. Conversamos de su vida y la mía y lo parecidas que somos mientras compartimos una botella de vino gato blanco que nos sirve el mapuche. El mapuche es muy amable con ella, se ve que siempre viene porque trae la orden sin ella haber pedido nada. Empanaditas, vino gato blanco y un platito de aceitunas que ella devora con hambre adolescente.
Se hace tarde pero no me importa, Beatrice me entretiene tanto que puedo llegar tarde o perderme del todo. Estudió historia del arte, en una época en que ir a la universidad era mas que una osadía, irse fuera sola era impensable y ahí estaba ella, en París, después de 50 años de haber llegado de Cali, Colombia.
Le pregunto indiscretamente si se casó y con una sonrisa traviesa que deja ver sus dientes postizos me dice: No… pero tengo un amigo, un enfant terrible! Se queda en mi casa los fines de semana. Dice que le gustan las chicas latinas como yo – dice sonrojada. Reímos juntas y me regala el gatito de plástico del vino blanco que aún conservo.

Después de guardar el gatito cuidadosamente en mi cartera junto con su elegante y sobria tarjeta me despido como si se tratara de una vieja amiga. Nunca más la volveré a ver. Me gustaría llamarla, aunque no me atrevo. Prefiero seguir pensando que sigue yendo a ese bar todas las noches, a pedir su vino gato blanco y sus empanaditas.

1 comentario:

AVV dijo...

una vez mi abuelo me dijo, si pues es como decia mi amigo jose maria, yo le pregunté Jose Maria, quien es?

Arguedas pues!

me cago en one.

o cuando en una reunion blogger nos encontramos a Reynoso
http://flucito.blogspot.com