miércoles, 6 de junio de 2007

Aqui todo es chevere




Debo confesarme: nuca fui una frecuent user de combi. La universidad quedaba a dos cuadras de mi casa, y siempre puse cara de gato triste para agenciarme una jaladita a la casa de alguna amiga. Pero estando tan lejos y sentir que miles de kilómetros me separaban de ese cacharro destartalado tan representativo de la realidad nacional, ese pedazo de peruanidad cada día mas ajena a mí y ver como ese vehículo iba tomando su lugar en el escudo de la bandera; sentí la necesidad de tenerla cerca. Empecé a pensar cómo seria la Gran Vía poblada por unas cuantas combis en carrera y lo práctico que seria para mi ir al trabajo sin tener que caminar tanto para tomar el autobús. La civilización carece de la amable flexibilidad del tercer mundo, la que permite al chofer parar en la puerta del cine y a mí poder regatearle al cobrador.

Recordaba la Combi como una van en forma de cajita con rayas horizontales de color chicha y letras en tercera dimensión que señalaban el recorrido: “Arequipa, Angamos, parque mora"… Iban zigzagueando en la pista desafiando a la gravedad en las curvas y rozando espejos. Como han afirmado muchos, desde lejos las cosas se ven distintas… y es cierto. Los recuerdos son selectivos. En la nostálgica imaginación del inmigrante la papa a la huancaína siempre tiene lechuga y huevo duro, el cebiche mixto tiene unos langostinos tamaño de dinosaurio, el Centro de Lima está limpio como postal enmarcado con un cielo azul y la combi se ve como esas miniaturas de cerámica que venden en las ferias artesanales. Pero en el recuerdo patriotero el ruido de los cláxones, los golpes en la lata del de la puerta del carro no tienen cabida, tampoco hay "lleva, lleva", ni suena el Reaggeton y mucho menos se puede sentir el olor que despiden los huelguistas de desodorante. Más bien, recorremos nuestro camino imaginario con música de fondo de Chabuca Granda en un vehículo pintoresco y acogedor camino al puente de la Alameda.
Son las once de la mañana de mi primer lunes en Lima después de tres años, aun piso la calle con desconfianza turística dispuesta a ir en combi para empezar a vivir en carne propia lo que por meses imaginaba cuando esperaba el autobús número 41 a -5 grados bajo cero : La Combi . ¿Ustedes se preguntarán como alguien puede extrañar una combi donde los autobuses no te van intoxicando con monóxido porque son a gas, los choferes van uniformados, los asientos son cómodos y el aire acondicionado? ¿Cómo así el vehículo símbolo de la informalidad puede despertar nostalgias en los inmigrantes que vivimos en el primer mundo? Porque la combi es el símbolo nacional de estos nuevos tiempos. La nueva Inca Cola. La escarapela con ruedas. Un pedazo de nuestra identidad que debemos aceptar y hacerlo sería, un poco de autoestima para nuestro oprimido y humillado Perú (como en el himno nacional).
Estiro mi mano en la cuadra 37 de la avenida Arequipa y se acercan dos combis en carrera, una cierra a la otra violentamente para frenar a mis pies después de rozarme la nariz mientras yo aprieto los ojos con miedo. -Atrás hay sitio- Grita una cobradora , (si señor .. una mujer bien achorada, que impone bastante respeto) Procedo a sentarme al fondo como me indica ella. El aire esta caldeado, y ya recuerdo, en las combis no se abren las ventanas, la gente te mira mal cuando lo haces, les puede dar un "aire" y causar una neumonía mortal por tu culpa. El asiento forrado en plástico transparente se pega a mi piel. Los baches me hacen sentir que la combi va perdiendo tornillos y que cada hueco se va rompiendo aun más. El olor a diesel se impregna en mi ropa y me mancho el brazo de una grasa negra espesa que recubre un fierro del el asiento roto. El camino sigue mientras sorteamos ticos amarillos, niños con las manos sucias y combis destartaladas. Unas con luces discotequeras y cobrador de uña larga (sólo una). Las miradas mañosotas me hacen sentir un pastel de vitrina. Estoy inadecuadamente vestida para ir en combi. La combi tiene un dresscode. que no incluye colores brillantes ni escotes. La cobradora me cobra 1,20 para después darme cuenta, indignada, que soy la única que atraca pagar competo porque en la combi se regatea. Y no solo eso. Se chapa, se roba, se pelea, se cambia el pañal. Mi larga ruta a Gamarra , el imperio combi de los textiles me presenta a los mas variopintos personajes a los cuales había extrañado sin saberlo: la engominada estudiante de flyhostess, el ejecutivo chichero con celular de ladrillo, el universitario que hace malabares para que no se le rompa la maqueta, la señora gorda sudorosa con un montón de bolsas, la madre dando de lactar. Poco a poco el olor a grasa quemada y las miradas pasan a un segundo plano, aunque el mareo por ir de espaldas no. La película va tomando forma.
En la combi todo vale y todo se puede. Es una adicción. Si pusieran los autobuses rojos de Barcelona que pasan cada 20 minutos, impolutos con cobrador uniformado que solo para en los paraderos establecidos… tomaría una combi. Porque en la combi todo es chévere, el chofer el cobrador y ese asientito improvisado al lado de la puerta que te rompe la espalda.