martes, 25 de septiembre de 2007

Cada Año


Cada año acudía sin falta al mismo evento que organizaba un orfanato para recaudar fondos. Sola. Parecía una noche más de maratónicas sesiones de fotos para páginas de sociales, copas de martínis de colores y diminutos bocaditos de carne cruda.
Lo vio apoyado en la barra. Era canoso y estaba sólo. Paula no dudó en acercarse.
-Me llamo Paula- le dijo mientras apagaba la colilla con el taco aguja
El la miró. Sus ojos se dejaban ver por debajo de los mechones color miel que se amalgamaban con su color de pelo natural. Posó su mirada en el profundo escote que mostraba con poca sutileza el trabajo del Dr. Vainstain; escultor de las mujeres más guapas de la fiesta. Siguió por los pliegues de su vestido que acentuaba los huesos de su pelvis cayendo con suavidad.
-Lo sé. –Botó humo de puro haciendo círculos que se desvanecían en el aire.
-Es la primera vez que te veo por aquí-. Respondió ella tratando de disipar el humo con su mano.
Le ofreció un trago. Ella aceptó. Removió el vaso con el dedo índice haciendo sonar el hielo contra el cristal.
Paula tomó dos sorbos que pasaron por su garganta como un sable helado. Le quitó el puro y lo dejo caer en el vaso como un descuido. Metió las manos en los bolsillos del pantalón de aquel hombre, acercándolo a la calidez de su cuerpo moldeado por estrictas rutinas de gimnasio.
Ella rozaba sus caderas contra las de él. Lograba sentir a través de las lentejuelas de su vestido una dureza tibia. Paula alternaba suaves vaivenes con cimbreantes movimientos de sus caderas. Él se refugió en la oscuridad de su pelo. Recorrió su largo y blanco cuello con la lengua alborotada, saboreando los restos de perfume que se mezclaban con el sabor amargo del puro que aun recordaba su boca.
Paula se estremeció. Arañaba su camisa con las uñas en perfecta manicure francesa mientras lo acariciaba por detrás de la rodilla con el empeine.
Sorbió un trago más, Atrapó un cubo de hielo que se derretía en el calor del momento. Se lo pasó a la boca reteniendo sus labios con los dientes por un segundo.
-Detesto tu bigote-
-Y yo tu perfume-
Rieron.
Los mozos vestidos de blanco combinaban con el lugar acondicionado para el evento. Entre los tules que hacían las veces de paredes paseaban hombres en traje oscuro. Mujeres abrigadas con pieles de animales en extinción, hacían un intento de sonrisa frustrado por repetidas cirugías. Los perfumes se mezclaban en el aire con el humo creando una atmósfera densa y pesada.
Paula lograba escuchar las conversaciones de vidas ajenas que se repetían. Los ojos de Paula ya enrojecidos por el humo reconocieron, amores pasados, distracciones de una noche, que ahora sólo habitaban en su memoria.
Los mozos con sus fuentes de plata, no les prestaban atención. Los invitados no se acercaban a saludar. Mientras tanto, ellos creían pasar desapercibidos.
Ella se separó de él apartándolo con suavidad. Encendió un cigarrillo más delgado de lo normal.
-Creo que podríamos ir a otro sitio- le dijo.
El asintió. Buscó las llaves, la tomó por la cintura y con largos pasos acompasados se dirigieron al auto.

El apretaba el acelerador. Paula sacaba la mano por la ventana dibujando olas contra el viento. Se dirigieron al departamento que él tenia frente al mar.
Paula cuando entró se quito los zapatos. Caminó sin hacer ruido. Escogió un disco de Bossa Nova antes de subirse sobre él con agilidad. Le desanudó la corbata amarilla mientras él le bajaba el cierre del vestido con la dificultad que da la prisa.

El la detuvo. Miró la mesita que estaba al lado y puso bocabajo la foto del día en que se casó con Paula.